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DaniloAlberoVergara 1/28/2019 12:00:34 AM
DaniloAlberoVergara
Monreale
Danilo Albero Vergara escritor argentino
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Tags literatura literatura latinoamericana literatura sudamericana narrativa argentina Danilo Albero Vergara escritores argentinos escritores latinoamericanos novelas de escritores argentinos
 
Literatura, relatos, ensayos literarios, novelas, literatura latinoamericana
 

El primer contacto con modos y costumbres de Sicilia, al desembarcar en Catania, fue en el exiguo pero –valga el oxímoron– intenso recorrido desde el desembarque hasta el mostrador para comprar pasajes del bus a Palermo. Breve paso que fue embotellado por la innumerable –e inimaginable– cantidad de bultos de una hiperbólica familia, que supuse pakistaní. Al momento de escribir estas líneas me acude una duda: ¿Paquistán es cercano oriente, o medio oriente, o Asia del sur? Busco en la Internet y el interrogante se aclara, a medias: corresponde a lo que, según la RAE, sería Asia del sur. Voy a la RAE, no figura ningún continente; sí aparecen los gentilicios asiático, africano, americano y europeo. Sea como fuere la enorme familia, a riesgo de ser tildado xenófobo, era paquistaní; no afgana, turkmena, ni hindú. La digresión, es parte del estado de ostranénie que me provocó la estadía en la isla, más mentada en el imaginario popular por don Corleone que por Giuseppe Tomasi di  Lampedusa. Vuelvo a la familia pakistaní.

Siete u ocho adultos de edades y roles bastante definibles, abuela y abuelo, tías y tíos –o primas y primos–, joven mamá, joven papá y nena. El hecho fue que la ahora famiglia –estábamos en Sicilia– traía una cantidad inimaginable de valijas, bultos, bolsas y sacos. El volumen embotelló las cintas transportadoras y atrasó a los demás pasajeros. Durante los próximos días en la isla habría de ver gente de etnia semejante con puestos callejeros de ropas, tejidos, vajilla y artesanías; por eso, con posterioridad, deduje la causa del abultado equipaje.

Aparte de la amabilidad de los palermitanos, llamó la atención, ante cualquier duda para orientarse, que una consulta resulta en dos o tres corteses explicaciones, nunca coincidentes.

En la Stacione Centrale pedimos información sobre buses y horarios para ir a Monreale; nos informan sobre una parada al frente, sobre la Piazza Giulio Cesare; allí nos señalan otra parada, cruzando la Via Lincoln. Un señor sentado frente a un alto mostrador nos dice que allí es; los buses salen cada media hora.

Al día siguiente, otro caballero sentado frente al mismo mostrador nos dice que de allí no parten los buses a Monreale y nos señala la parada sobre la Piazza Giulio Cesare; cruzamos la calle, me dan la misma respuesta y me señalan vagamente una parada para el lado del Corso Tukori, volvemos al mostrador alto y le pregunto a un vendedor callejero. Antes de que éste respondiera, una señora mayor japonesa me dice en inglés que la parada es justo enfrente del mostrado alto; donde ahora hay otro encargado. Ella, bastante mayor y delgada, usa un bastón con una contera de cuatro regatones, ropa y calzado de trekking, pequeña mochila multicolor, cámara colgando al cuello, en la mano una guía turística en japonés. Once kilómetros después, en Monreale, el bus nos deja en un cruce de calles, el chofer nos dice que cada media hora sale uno de regreso.

La señal azul del Google Maps en el celular no acierta a ponerse de acuerdo con el plano de la ciudad; consulto con una elegante joven que dice que la siga, la señora japonesa ha desaparecido; caminamos unas ocho o diez cuadras y nos señala una calle que baja hasta la Piazza Vittorio Emanuele y, detrás, la catedral; la joven vuelve sobre sus pasos, había desviado su camino para guiarnos.

Luego de visitar el duomo y ver los exquisitos mosaicos bizantinos –uno de los motivos del viaje– recorremos parte del camino que, sorteando barrancos, lleva a la playa y ofrece un paisaje feérico de colinas y olivares, con el fondo del Tirreno esmeralda. Antes, doy unas monedas al mendigo que está en una de las arcadas del duomo, nos sigue durante un par de metros quejándose porque no le alcanza para cosa alguna. De regreso, nos sentamos en la terraza de una pizzería que mira a la Piazza, nos atiende el dueño, nos pregunta en un español que suena neutro de qué parte de Argentina somos; es venezolano y vivió un par de años en Buenos Aires. Pasa la dama japonesa con su bastón de cuatro regatones acompañada de un guía que le habla en inglés. Terminada la pizza vamos a visitar el claustro benedictino, no sin esquivar al mendigo que nos acecha. Acaban de abrir el ingreso, un grupo de jóvenes adolescentes guiados por un par de maestras se preparan a entrar, hay cambios de empujones y suaves agresiones entre chicos y chicas donde se funden juegos de manos, pequeñas rivalidades y una mal disimulada efervescencia hormonal. Uno de ellos lleva una camiseta con una inscripción: "Tutte le mamme fano i figli belli ma la mía ha propio esagerato". Justo antes de entrar extrae del morral un cornetti crema y empieza a manducarlo, una de las maestras le pregunta si le parece el momento: "tengo hambre y no puedo comer en el claustro". El grupo se detiene a la espera de que termine la manducación. La maestra nos ve sonreír, nos mira, mira al manducador, nos vuelve a mirar y nos dice, con brazos en jarra, como implorando: "dios dame paciencia": "¿avete capito la situazione?"





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